
Todos estamos llamados a dejar huellas positivas y transformadoras entre las personas con quienes nos desenvolvemos, comenzando por la familia. Esas huellas parten de la forma como pensamos y la forma como lo expresamos a partir de lo que decimos y hacemos.
Posiblemente no alcanzamos a medir el alcance de nuestras acciones, pero es real.
Tampoco nos alcanzamos a dar cuenta del impacto de nuestras actuaciones y de qué manera, muchas veces herimos a las personas, especialmente a quienes amamos.
Permítame citar un pasaje del libro El Profeta, de Khalil Gibrán. Cuando uno viaja paso a paso con el texto, se encuentra con lo que dijeron personas experimentadas del poblado cuando Almustafá debe regresar a casa:
"Y los ancianos de la ciudad se adelantaron y le dijeron: No te ausentes tan pronto de entre nosotros. Fuiste faro en nuestra penumbra y tu juventud nos brindó sueños que soñar. No eres entre nosotros un extraño, ni un huésped, sino nuestro hijo y nuestro amado predilecto. No permitas que nuestros ojos padezcan hambre de tu rostro."
Por favor, lea el texto una y otra vez hasta interiorizar el mensaje.
Cuando los ancianos de la ciudad le dicen a Almustafá "fuiste faro en nuestra penumbra" y "tu juventud nos brindó sueños que soñar", Gibrán está describiendo algo que todos experimentamos sin darnos cuenta: no pasamos por la vida de las personas sin dejar rastro.

Cada palabra, cada gesto, cada decisión que tomamos frente a otros —empezando por quienes tenemos más cerca, nuestra propia familia— va dejando una marca.
Esas huellas no son neutras.
Tienen una dirección: hacia la herida o hacia la construcción.
MEDIR EL IMPACTO DE LO QUE DECIMOS Y HACEMOS
Cuando lo que decimos y hacemos nace del desprecio, la indiferencia o la dureza, sembramos heridas emocionales que muchas veces las personas cargan durante años, aun cuando ya no estemos presentes para verlas.
Una palabra hiriente dicha una sola vez puede repetirse en la memoria de alguien mil veces.
Pero cuando actuamos desde la coherencia, el respeto y el amor, ocurre lo contrario: transferimos principios y valores que se quedan grabados y que la otra persona termina replicando en su propia vida, incluso en la de quienes vendrán después de ella.
Eso es exactamente lo que los ancianos le reconocen a Almustafá: no le agradecen bienes materiales, sino el haber sido, con su sola presencia, una fuente de esperanza y aliento para soñar.
Ahí está la clave de la huella positiva: no se trata solo de no dañar, sino de animar activamente.
Con nuestras actitudes podemos convertirnos en ese impulso que otro necesitaba para no rendirse, para creer que un futuro distinto es posible.
Cuando eso sucede, dejamos de ser simples espectadores en la vida ajena y nos volvemos, como dice el texto, un faro en la oscuridad y la tormenta: algo fijo, confiable, que orienta a otros cuando ellos mismos no ven con claridad el camino.
Esta idea no es ajena a nuestra fe.
Nuestro Señor Jesús no solo habló de la luz: la encarnó y luego se la entregó a sus discípulos como mandato:
"Vosotros sois la luz del mundo... así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos." (Mateo 5:14, 16)
Y esa vocación de ser ejemplo se repite en otro pasaje de la mano del apóstol Pablo:
"Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza." (1 Timoteo 4:12)
NUESTRO EJEMPLO IMPACTA
Jamás olvide que lo que decimos y hacemos, que generalmente van de la mano, generan consecuencias; en esencia, producen un impacto.
Sobre esa base, el apóstol Pablo insistió en la importancia del ejemplo que está íntimamente ligado al testimonio del cristiano en la sociedad:
"En todo dándote ejemplo de buenas obras..." (Tito 2:7)
Y él explicó que sus actuaciones obedecían a su condición de discípulo del Señor Jesús, cuyas huellas procuraba seguir:
"Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo." (1 Corintios 11:1)
La invitación, entonces, es doble: ser conscientes de que nunca somos neutrales en la vida de quienes nos rodean, y elegir, con nuestras palabras y acciones cotidianas, ser ese faro que otros puedan recordar —como los ancianos recordaron a Almustafá— no como un extraño que pasó, sino como alguien amado que dejó luz.
No podría despedirme sin antes invitarlo para que se acoja a la GRACIA de Dios.

GRACIA es la expresión del amor de nuestro amoroso Padre quien, pese a que por nuestras maldades merecemos la condenación eterna, nos extiende Su perdón.
Puede que consideremos que somos buenas personas, que no le causamos daño a nadie; sin embargo, no es por nuestras buenas obras que somos salvos y pasaremos la eternidad delante del Padre.
En absoluto.
Aquí tienen cabida las palabras del autor cristiano, Collin S. Smith, quien alrededor de ser buenos o no y el impacto en nuestra salvación, anota:
“Si usted honestamente mide su vida por los mandamientos de Dios, seguro que coincidirá conmigo. Si ha obrando mal en muchas ocasiones, lo que no dudo, no es alentador. Cosechar lo que usted siembra no es buena noticia para cualquiera de nosotros. El perdón sí lo es.”
Insistimos, no son las buenas obras. Es nuestra dependencia de Aquél que todo lo puede. Acogernos a Su perdón y su GRACIA.
Hoy es el día para que evalúe su existencia e imprima cambios y ajustes con ayuda del Creador.
Tenga siempre presente que sus palabras y acciones dejan huellas y, la meta, es que sean huellas profundas y transformadoras.
Que el impacto que ejercemos sobre las demás personas, comenzando por nuestra familia, sea alentador y gratificante.
Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.
Fernando Alexis Jiménez sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas. Dirige el Programa Vida Familiar y, desde el 2016, está al frente del Instituto Bíblico Ministerial.
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