
No hay salvación como consecuencia de nuestros esfuerzos por ser buenos y, tampoco, perdón de pecados. No es por nuestros esfuerzos humanos, sino por el amor de Dios.
Permítame citar al pastor Collin S. Smith, cuando escribe:
Siempre había considerado que lo bueno de mí superaba lo malo que había en mí. Pero a medida que mi vida se escapaba lentamente, lanzándome hacia un final miserable, yo sabía que estaba lejos de ser bueno y lejos de Dios. (Libro: “El cielo, cómo llegué aquí”)
Unas palabras sencillas que tocan una fibra fundamental: el temor reverente a Dios no es miedo paralizante, sino un profundo amor que reconoce quién es Él y decide ponerlo en el centro de la vida.
Cuando pasamos de solo "creer que Dios existe" a temerle con una reverencia sana, entendemos la verdadera magnitud del pecado... y es ahí donde la gracia irrumpe con toda su belleza.
El perdón no se gana, se recibe El Dios que demanda nuestra devoción absoluta es el mismo que conoce nuestras fallas más profundas. Muchas personas intentan "complacer a Dios" con sus propias fuerzas para ganarse su favor, pero la gracia funciona al revés: Dios nos perdona incondicionalmente por medio de Cristo, y ese perdón inmerecido transforma nuestro corazón para que complacerle ya no sea una carga, sino nuestro mayor gozo.
Cuando fallas, la gracia de Dios no exige que reconstruyas tu vida antes de volver a Él. Su perdón está disponible para todo aquel que reconoce su necesidad, rindiendo sus decisiones y prioridades ante la cruz. El temor sabio nos muestra nuestra quiebra espiritual, pero la gracia nos otorga una restauración completa.
Permítanos citar al autor sagrado cuando escribe:
"Pero en ti hay perdón, para que seas temido." (Salmo 130:4)
El salmista conecta de forma perfecta el perdón de Dios con el temor reverente: no le tememos para evitar que nos destruya, sino porque al ver la inmensidad de su perdón y su gracia, nos rendimos ante Él con asombro, gratitud y devoción.
¿Hay alguna área o decisión específica en tu vida hoy donde sientas que te cuesta experimentar este perdón o poner a Dios en el centro?
No podría concluir sin antes referirnos a la GRACIA de Dios. GRACIA es perdón y vida eterna para todo aquél que, habiendo fallado mucho, se arrepiente de sus pecados.
La respuesta de nuestro amado Padre es el perdón ilimitado.
Permítame citar al autor cristiano, Collin S. Smit, cuando anota:
“Hay una gran diferencia entre creer en Dios y temer a Dios. Las personas que dicen que creen en Dios. a menudo le dan a Él poco o ningún lugar en su vida; pero temer a Dios significa que usted cuenta con Él en sus decisiones y prioridades. Complacerlo a Él se convierte en su consideración primordial y su mayor gozo. (Libro: “El cielo, cómo llegué aquí”)
Decidimos acogernos a la GRACIA divina cuando reconocemos que nuestras consideraciones de ser “buenos”, no es suficiente.
Y cuando recibimos perdón del Padre, decidimos vivir para Él, conforme a Su voluntad. No por obligación sino por gratitud por su amor perdonador.
Ábrale hoy las puertas de su corazón a Jesucristo.
Fernando Alexis Jiménez sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas, produce el programa Vida Familiar y, desde el 2016, es director del Instituto Bíblico Ministerial. @Conexión365
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